Máquinas de vivir. Flamenco y arquitectura en la ocupación y desocupación del espacio urbano
Máquinas de vivir. Flamenco y arquitectura en la ocupación y desocupación del espacio urbano fue una exposición coproducida por CentroCentro Cibeles de Cultura y Ciudadanía (Madrid) y La Virreina Centre de la Imatge (Barcelona), que se presentó entre octubre de 2017 y mayo de 2018 en ambas ciudades, bajo la curaduría de Pedro G. Romero, María García Ruiz y Valentín Roma. El proyecto trazó una genealogía histórica y crítica de las formas de estar, de moverse y de habitar en el espacio moderno y contemporáneo a partir de un cruce singular entre flamenco, arquitectura y prácticas sociales de ocupación del territorio urbano. Partiendo de un comentario de Federico García Lorca a Manuel de Falla, recogido en su texto Arquitectura del cante jondo, donde el poeta asocia la habitación de un cantaor flamenco con la máquina para vivir de Le Corbusier, la exposición propuso una distinción productiva entre vivir y habitar, entre zoé y bios, y planteó que lo que separa esas nociones es intangible, invisible y, en última instancia, susceptible de ser cantado, danzado y reconfigurado desde los imaginarios culturales que han persistido en los márgenes de la ciudad europea moderna.
La exposición entendió el concepto de “máquina de vivir” tanto en sentido literal como metafórico. Por un lado, recuperó la imagen de la “máquina para vivir” de Le Corbusier que Lorca aplicó libremente a la vivienda austera de un cantaor, para abrir una reflexión sobre las tensiones entre las formas funcionalistas de la arquitectura moderna y los modos de vida populares que las desbordan o las ponen en crisis. Por otro lado, desarrolló una crítica de la vida administrada bajo los paradigmas urbanos y arquitectónicos hegemónicos, sugiriendo que nuestra época ha convertido el vivir en una forma de gestión que necesita ser invertida para devolver al habitar su condición política, poética y colectiva.
El proyecto se estructuró conceptualmente en tres grandes campos de producción y relación: espacio radical, espacio social y espacio teatral. Cada uno de estos ámbitos articuló una serie de prácticas, documentos, coreografías, piezas musicales, modelos arquitectónicos, fotografías, películas, pinturas y acciones que mostraban modos distintos de comprender el territorio, la ciudad y la casa. En el espacio radical se exploró la atención que movimientos como la Internacional Situacionista prestaron a las ocupaciones móviles de comunidades gitanas, flamencas o bohemias, cuya forma de estar en el mundo desafiaba la lógica planificadora del urbanismo moderno. También se examinó la figura del nómada como operador crítico de los flujos urbanos, y cómo esa condición reaparece en las poéticas del cante, del paseo, del destierro o del exilio.
El espacio social se centró en prácticas y procesos que configuran formas de vida en los márgenes del urbanismo dominante, atendiendo a territorios que no se definen por su fijeza sino por el tránsito, la relación, la frontera. Allí se mostraron formas de construir ciudad desde abajo, desde lo precario, desde lo no codificado. La exposición abordó el modo en que cuerpos, sonidos y prácticas culturales —especialmente el flamenco— producen sentido colectivo y transforman el espacio a través de una ocupación performativa, afectiva y política. El espacio teatral, por último, trató las transformaciones del habitar en relación con lo escénico, lo espectacular, lo performativo. Se abordaron formas de teatralización de la vida cotidiana y de ocupación simbólica del espacio que emergen en el teatro independiente, el flamenco escénico, la performance o los rituales urbanos que desplazan las lógicas del espacio ordenado.
A través de este dispositivo, Máquinas de vivir estableció un diálogo entre arquitectura radical, crítica social y representaciones flamencas, entendiendo el flamenco no solo como expresión musical o dancística sino como campo de saber y de producción cultural que incide en la organización de los cuerpos y los territorios. Se recurrió a una amplia variedad de lenguajes —coreografías, músicas, imágenes, documentos, escenografías— para mostrar cómo las formas de habitar, tanto en lo doméstico como en lo urbano, están atravesadas por conflictos sociales, memorias invisibles y estrategias culturales de resistencia. La exposición tuvo lugar primero en CentroCentro (Madrid) y después en La Virreina (Barcelona), con la participación de múltiples agentes culturales, artistas e investigadores. El proyecto fue acompañado por una publicación extensa que reunió ensayos, documentos y estudios de caso, contribuyendo a fijar una memoria crítica sobre las relaciones entre cultura popular, arquitectura, ciudad y modos de vida.