Aplicación Murillo

Aplicación Murillo: materialismo, charitas y populismo fue una exposición de arte contemporáneo que tuvo lugar en Sevilla entre diciembre de 2018 y abril de 2019, en el marco del Año Murillo. Concebida por los comisarios Pedro G. Romero, Joaquín Vázquez y Luis Martínez Montiel, y coproducida por BNV Producciones, la muestra propuso una relectura radical y crítica del pintor barroco Bartolomé Esteban Murillo, no como figura aislada en la historia del arte, sino como operador de sentido cuya imagen, iconografía y función cultural han atravesado distintos regímenes de visualidad, usos ideológicos y formas de producción artística hasta el presente. El proyecto no se organizó como homenaje conmemorativo ni como exhibición retrospectiva, sino como una intervención contemporánea sobre las formas de ver, de archivar y de leer a Murillo desde el presente.

Lejos de ofrecer una mera revisión historicista, la exposición se presentó como una máquina crítica articulada a partir de tres vectores: materialismo, charitas y populismo. Bajo el eje materialista, se recogió la circulación masiva de la imagen de Murillo en objetos, impresos, reproducciones y memorabilias que van desde el cromolitografismo del siglo XIX hasta el merchandising popular del XX, para evidenciar cómo su iconografía ha sido absorbida y transformada por los medios técnicos de reproducción, lo que Walter Benjamin llamó la reproductibilidad técnica de la obra de arte, y que en el caso de Murillo ha dado lugar a una economía simbólica de la piedad, de lo reconocible y de lo amable.

El eje charitas abordó la persistencia de una dimensión afectiva, ética y social que recorre la obra de Murillo desde sus representaciones infantiles hasta sus temas religiosos, y cómo esa dimensión ha sido activada tanto en el imaginario caritativo como en prácticas contemporáneas que subrayan lo vulnerable, lo menor, lo marginal. La caridad se propone aquí no como un valor moral sino como un operador estético y político, que permite leer las formas de empatía, de exposición de los cuerpos, de construcción de una mirada compasiva que articula tanto el barroco sevillano como ciertas líneas del arte contemporáneo.

El populismo, por último, no se entiende en sentido doctrinal o ideológico, sino como espacio de resonancia colectiva, de reapropiación y desplazamiento. Se examina cómo Murillo ha sido incorporado en la cultura visual popular, cómo su obra ha sido “aplicada” —literal y figuradamente— en entornos ajenos al museo o al canon académico: calendarios, etiquetas, escaparates, fondos escénicos, fiestas religiosas. A partir de ahí, la exposición articula un discurso sobre la posibilidad de pensar las imágenes como lugar de negociación entre cultura de masas y cultura crítica, entre imaginario colectivo y prácticas artísticas.

Aplicación Murillo fue la exposición de arte contemporáneo más amplia realizada hasta entonces en Sevilla. Reunió más de seiscientas piezas, entre obras de arte, documentos, impresos y objetos visuales, procedentes de una treintena de instituciones nacionales e internacionales —entre ellas el Museo Reina Sofía, el Museo del Prado, el MACBA, el Artium, la Biblioteca Nacional, el CA2M, la Fundación La Caixa— y de colecciones privadas. Contó con obras de artistas como Picasso, Sonia Delaunay, Joseph Beuys, Dora Maar, Marcel Duchamp, Ángeles Santos, David Hockney, Perejaume o Walker Evans, y con la participación de artistas contemporáneos que realizaron obras específicas para la muestra, como Paula Rego, Teresa Lanceta, Hiwa K, Inés Doujak, Patricia Caballero, Isidoro Valcárcel Medina, Oriol Vilanova o Gloria Martín, entre otros.

La exposición se desplegó en cinco espacios de la ciudad: el Espacio Santa Clara, la Sala Atín Aya, el CICUS, el Hospital de la Caridad y los Venerables. Cada uno de ellos albergó un bloque temático vinculado a los tres ejes conceptuales del proyecto, configurando un recorrido descentralizado que obligaba al visitante a atravesar físicamente la ciudad, reconstruyendo las conexiones entre los espacios barrocos originales, los centros de arte contemporáneo y los lugares donde se producen nuevas lecturas sobre la tradición pictórica y su circulación social.

La propuesta curatorial evitó deliberadamente la nostalgia o el historicismo y apostó por una lectura poética y de riesgo, situando a Murillo en una constelación donde las formas de representación, la sensibilidad pictórica y las estructuras visuales de su obra permiten pensar genealogías no lineales del arte moderno y contemporáneo. Frente a las visiones reduccionistas que han condenado a Murillo al ámbito de la pintura religiosa edulcorada, Aplicación Murillo mostró cómo su obra ha sido un operador visual que ha dejado huellas profundas en la cultura de la imagen, y cómo esas huellas pueden ser leídas, actualizadas o confrontadas desde las prácticas artísticas contemporáneas.

Aplicación Murillo puede entenderse también como una crítica a los marcos institucionales del museo, al separar el discurso curatorial del discurso patrimonial, y al proponer una práctica de montaje en la que se cruzan historia del arte, cultura visual, crítica política y formas de vida. Su legado ha sido el de activar un archivo visual múltiple, complejo, desjerarquizado, donde Murillo ya no aparece como autor del pasado sino como figura persistente, como imaginario compartido, como punto de fuga desde el cual mirar las relaciones entre arte, historia y política en la contemporaneidad.